
PARASHÁH No. 6 TOLDÓT/”GENERACIONES
4 DEL MES NOVENO DEL 5770/21 DEL MES DE NOVIEMBRE DEL 2009
Lectura de la Torá: Bereshít/En el Principio/”Gn.” 25:19-28:9
Haftaráh: Malajíah:1:1-2:7
BeReshít/En el Principio/”Gn.” 25:30-33: “Y Esáv le dijo a Yaakóv: ‘¡Dáme de comer de ese guiso rojo, que estoy cansadísimo!’ Por eso (Esáv) fue llamado “Edóm” (de adóm=rojo). Y le dijo Yaakóv: ‘¡Véndeme ahora tu derecho a la primogenitura! Y dijo Esáv: ‘Voy a morir, ¿de qué me sirve la primogenitura? Así fue que Esáv estuvo de acuerdo en vender su primogenitura. Yaakóv le dio a él pan y guiso de lentejas. Esáv comió y bebió y siguió su camino, despreciando la primogenitura.”
Estas dos posiciones siempre han estado allí, en cada par de hombres que se han enfrentado a lo largo de la historia. Uno ha prevalecido, mientras que el otro fue enterrado y olvidado, tanto por la historia, como por sus propios familiares. No se habla de los Avót/Patriarcas “Avrahám, Ytzják y Esáv”, sino de “Avrahám, Ytzják e Yaakóv”, precisamente porque éste último supo sortear la trampa carnal de lo inmediato y lo carnal y trocarlo por lo eterno y lo espiritual. Yaakóv-Esáv son, si queremos verlo desde la perspectiva de Elohím, arquetipos de dos naciones: Israel, la nación espiritual por excelencia, y Roma, la nación guerrera y conquistadora por excelencia; la primera destinada a sobrevivir a todas las demás veinte a treinta civilizaciones que existieron en toda la historia, según lo dice muy bien el historiador judío Max Diamant; la segunda, destinada a ser destruida por Elohím. En esta ocasión nos concentraremos, en cambio, en otro aspecto de su antinomia: en sus respectivas actitudes frente a lo que Elohím les puso delante de ellos.
El hombre carnal, del cual Esáv es prototipo, se preocupa del “ahora” y del “ya”; no “pierde el tiempo” con filosofías, ni con especulaciones “difíciles” como ser: “¿Dónde voy a ir después de muerto?” o “¿Para qué hemos nacido?” Esas son cosas en que no valen la pena pensar—para hombres como Esáv. Su barómetro es su estómago, y los demás órganos de su cuerpo, que le exigen cosas: “¡Dame de ese guiso rojo, AHORA!” y otras demandas parecidas. Los Esáv de la Civilización Occidental donde vivimos actualmente trabajan treinta años en un empleo, creyendo que están haciendo algo que va a cambiar algo, sólo para descubrir que, después de esos treinta años de arduo trabajo, son “prescindibles” y los echan y ya no tienen nada. No nos engañemos: no es que Esáv era ateo. No había ateos en ningún lado, hasta hace tres o cuatro siglos atrás en ninguna parte de la historia y Esáv no era la excepción. Él creía en el Elohím en que su padre Ytzják creía. Lo que sucedía es que “habían cosas mucho más importantes que ésas” para él, como todo lo inmediato, todo lo material. Es por eso que catalogaríamos a Esáv como el prototipo del Siglo XX y XXI: el materialista por excelencia. “¡Dame ese guiso rojo AHORA!” es la exigencia del mundo materialista que nos rodea. ¡No me lo des mañana, ni la semana que viene, sino AHORA!
Yaakóv, en cambio, no era miope, espiritualmente hablando. Sabía y ansiaba lo material como cualquier ser humano, pero no perdía de vista lo espiritual tampoco, y entendía que lo último tenía prioridad sobre lo primero y ése era el orden en que debía basar su vida. Si le daban a elegir entre su cuerpo y su espíritu, él elegía la vida del espíritu y eso lo convirtió en Áv/Padre del Pueblo Judío.
Como dice Matitiáhu 13:44: “También, el Mimshélet ha Shamáim/Dominio de ADONÁI es semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla y lo esconde de nuevo; y contentísimo, va y vende todo lo que tiene y compra aquél campo”. Yaakóv era un hombre que sabía comprar las cosas espirituales que Elohím pone en nuestro camino. Todo lo contrario de Esáv, que vendió lo único valioso que tuvo en toda su vida, ¡y para colmo, por un “rico” guiso de lentejas!
Aquí tenemos dos ejemplos de dos estilos de vida y de dos tipos de decisiones. Yaakóv representa el estilo de vida que busca a Elohím y aprecia los regalos que Él nos da—y que NO debemos vender, a ningún precio, porque no tienen precio. Elohím nos regala buena salud todos los días, pero no la apreciamos, hasta que tenemos MALA salud. ¡Allí sí que suspiramos por los días en que éramos sanos!
Elohím nos regala un cuerpo que respira bien, que tiene dos pies y dos manos, una boca, dos ojos que ven bien, pero no lo apreciamos, hasta que perdemos temporalmente el uso de algunos de estos órganos, y ¡ALLÍ SÍ que comenzamos a apreciar los tesoros en los Cielos que teníamos! ¿Cuánto vale una pierna para usted? ¿Un ojo? ¿Una mano? ¿El respirar bien? ¿El comer y digerir bien? Sólo nos damos cuenta de su valor cuando “los vendemos” como hizo Esáv. Pasa el tiempo y allí recién caemos en la cuenta de los regalos que Elohím nos había estado dando toda la vida y que no habíamos apreciado nunca.
Sin embargo, como Esáv, queremos más y más cosas: otro automóvil, otra casa mejor, más grande; un anillo que vimos en una vidriera, una camisa de color bonito. Ansiamos cosas, más y más, AHORA, como Esáv. Y estamos dispuestos a vender el tesoro de que habla Matitiáhu para comprar esos “espejitos de colores para indígenas” que son los “tesoros” del Siglo XXI en que vivimos—especialmente si son de marca.
Tendríamos que aprender a vender lo que nos envenena el corazón; las palabras hirientes que nos dijeron; los desprecios; los fracasos en nuestra vida; nuestras relaciones interpersonales que no funcionan; el hambre de poder, de dinero, de gloria, de control sobre los demás; eso es lo que tendríamos que poner en venta. Y comprar todo lo contrario: el shalóm shalóm/la paz completa de Elohím, el ósher/felicidad, el aprender a escuchar Su voz y entenderlo, Su amistad, que es eterna; el poder vivir en Su compañía todos los días y el tener tiempo para hacerlo, lo cual se gana con nuestras oraciones y nuestras ambiciones espirituales, no carnales.
Tenemos que ir al oculista espiritual y pedirle que nos cure de la miopía espiritual que nos aqueja, como Esáv, del no ver las cosas espirituales, sino sólo las carnales. Esto es la verdadera jajmáh; no la sabiduría humana, que sólo es tan larga como nuestra corta vida.
Tenemos que aprender a desembarazarnos de todo el bagaje material de nuestra cultura y de nuestra educación familiar y social, que enfatiza lo material por sobre lo espiritual; y que no sólo lo enfatiza, sino que ridiculiza todo lo que es espiritual, como inexistente e ilusorio, cuando lo contrario es exactamente lo cierto. Todo lo material no es más que un reflejo en una sala de espejos, donde nada está donde parece estar, ni nada es lo que parece ser.
Tenemos que dedicar el shabát/Día del Señor a reordenar nuestra escala de valores y de reglas para lograr esos valores, con la ayuda de Elohím en oración. ¿Qué es lo que nos hace feliz? Haga una lista de cinco cosas que lo hace feliz y verá que cuatro de las cinco son materiales, si es sincero consigo mismo (no le muestre a nadie la lista, para mantener la sinceridad). ¿Qué es lo que le trae tranquilidad? Escríbalo y estudie sus propios valores.
Luego CAMBIE esos valores, de a poco, a valores espirituales, que son los únicos que van a sobrevivirlo. Pero no se quede allí, con la lista en la mano. Comience a vivir su vida de acuerdo con sus nuevos valores, planeando actividades que estén de acuerdo con sus valores espirituales, no con sus antiguos valores materiales. “Venda” sus valores materiales, y compre valores espirituales, al revés de Esáv. Venda el “Ahora” por “la Eternidad”. Venda el “guiso rojo de lentejas” de sus ambiciones materiales por primogenituras espirituales, que no perecen.
Ése es un jajám/sabio verdadero, no uno aparentemente sabio.
Aprenda a comprar todo lo que Elohím le envía, a través de las experiencias diarias, de las conversaciones, de las situaciones de todos los días y NO lo venda, sino que transfórmelo en alimento espiritual para su crecimiento. Aprenda a vender todo lo que no sirve, y lo que la gente se muere por tener, por miopía espiritual. Así será un Yaakóv, y dejará poco a poco de ser Esáv para siempre.
Tenemos que aprender a buscarlo a Él, fuente de toda vida eterna/máim jaím, como dice Matitiáhu: “Busquen el Mimshélet ha Shamáim/Dominio de ADONÁI y todo lo demás les será dado por añadidura”. Algo que jamás se me ocurrió hasta ahora—y este versículo fue el primero que prediqué como autoridad espiritual hace ya veintisiete años—fue el que “buscar” indica, primero que nada, que no está a la vista. No hay nada que “buscar” si es algo que ya lo vemos. Si tenemos que “buscar” algo es porque no está a la vista. Y así es con el Mimshélet ha Shamáim: Tenemos que salir a buscarlo, a escarbar en nuestro “hombre interior”, es decir, en nuestro rúaj,/espíritu porque sólo allí podremos encontrarlo.
Sin embargo, nos pasamos la vida buscando cosas, buscando bendiciones, buscando objetos materiales que satisfagan nuestras ansias de tener, en vez de tener ansias de “ser”. Buscarlo a Él significa “conocerme y entenderme” como dice Yrmiáhu/Jer. 9:23-24. Buscarlo a Él significa cavar buscando Su jajmáh/Sabiduría, Su guía, Su percepción de las cosas/perspectivah olamít (Heb.), en vez de contentarnos con la nuestra, que de nada sirve. Buscar el Mimshélet ha Shamáim/Dominio de Adonai significa no conformarnos con las opiniones de los hombres sobre las cosas espirituales o lo que está escrito en el Tanáj/A.T., sino buscar Su significado, que es mucho más rico y profundo de lo que nos imaginamos—si lo anheláramos.
Pero de nada vale tener humildad y amplitud de mente, si antes no tenemos jajmáh/Sabiduría de Él, para que todo lo que Él desee enseñarnos nos entre y no lo rechacemos como “sin importancia” o “tonterías”. Sólo con la jajmáh/Sabiduría espiritual—no humana, podremos recibir humildad y amplitud de mente que Él tiene para nosotros y con ella entender, por fin, los inmensos secretos que Elohím tiene reservado para los que así actúan, y dejan de lado sus orgullos humanos y sus vanidades sin importancia, para seguirlo a Él, fuente de toda vida eterna.
CÓMO BENDECIR A NUESTROS HIJOS
Estas bendiciones de las que hablábamos más arriba, se transmiten automáticamente a la crianza correcta de nuestros hijos, como los descendientes (por sangre o por fe) de Avrahám, los hijos de Ytzják, Esáv y Yaakóv. Existen áreas distintas que deben ser tenidas en cuenta, como su herencia, entre la cual estamos nosotros, sus padres, cómo entenderlos, cómo comunicarse con ellos, cómo instilarles valores y creencias judías mesiánicas (por fe), sus rasgos de carácter adquiridos y los por construir, cómo lidiar con el entorno familiar, religioso y cultural, y las influencias externas, como las amistades, los valores y las creencias externas, entre otros muchos factores que tomarían un libro entero para tratar. Ya hemos dicho que consideramos muchísimo más fácil hacernos millonarios que llevar adelante una buena crianza de nuestros hijos. No lo decimos para descorazonar a nuestros lectores, sino porque es, sencillamente, la pura verdad. Criarlos MAL, eso sí que es terriblemente sencillo, y el énfasis está en “terrible.
COMPRENDIÉNDONOS Y COMPRENDIÉNDO A LOS HIJOS. Una buena educación comienza por educarnos nosotros mismos, que somos los padres (y abuelos). Si sufrimos de complejos de inferioridad, comunicaremos por contagio estos complejos a nuestros descendientes. Si tenemos problemas emocionales no sanados, ellos lo notarán, y peor, se contagiarán de ellos. Ser padre/abuelo es una buena oportunidad para sanarnos nosotros primero, antes de intentar criar sanamente a nuestros hijos.
NUESTROS HIJOS/NIETOS quieren las 4Ps: 1. Posesiones (juguetes, deseos insatisfechos) 2. Poder (libertad PARA hacer lo que quieran), 3. Protección (de todo problema) y 3. Placer (toda clase de sensaciones de los cinco sentidos).
NOSOTROS DEBEMOS ENSEÑARLES las 4 TPPR: 1. Toráh, 2. una profesión de acuerdo con su conformación de rasgos de carácter, 3. rasgos de carácter apropiados y cómo corregir los inapropiados y 4. PACIENCIA/SAVLANÚT!
Creo que el ochenta por ciento de los problemas de la crianza (la Regla de Pareto (80/20) se aplica TAMBIÉN a la crianza!). Se centran en este eje bipolar entre lo que ellos quieren y lo que nosotros debemos hacer.
A propós de una elegir una profesión para nuestros hijos, son famosísimas las madres judías por querer que sus hijos varones estudien medicina; y si—Jatzveh Jaliláh!/¡Que nunca suceda esto! No pueden estudiar Medicina, que estudien Abogacía. En un clásico chiste judío, venía una madre joven con un carrito de bebés mellizos de pocos meses y una amiga que hacía rato que no la veía mira a los bebés y le pregunta a su amiga: “Qué preciosos! ¿Cómo se llaman?” Y la amiga le dice: “¡Este es Móisheh, el médico, y este es Shlóime, el abogado!”
Cada uno de nosotros, incluidos nuestros hijos, tienen un destino prefijado y por lo tanto, una profesión prefijada. Sólo tenemos que encontrarla, con oración a Elohím, y dejar y pedir que Él capacite a nuestros hijos/nietos para ella y saque del camino todo obstáculo que pueda presentarse, ya sea mental o espiritual o físico para que ese destino se cumpla en ellos.
Una de las riquezas más grandes que podemos legar a nuestros hijos, aparte de los 4 TPPR mencionados arriba, es una psiquis sana. Como también dijimos más arriba, debemos sanarnos nosotros, primero. Pero si alguno de los dos padres es sano, psíquicamente, él/ella debería estar encargado de transmitir esa sanidad psíquica a sus descendientes/toldót.
¡Un shabát shalóm lleno de Su Luz le desea, el Rébe Julio Dam, su familia y sinagoga mesiánica renovada,
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